
“Por lo cual el reino de los cielos es semejante a un rey que quiso hacer cuentas con sus siervos. Y comenzando a hacer cuentas, le fue presentado uno que le debía diez mil talentos. A este, como no pudo pagar, ordenó su señor venderle, y a su mujer e hijos, y todo lo que tenía, para que se le pagase la deuda. Entonces aquel siervo, postrado, le suplicaba, diciendo: Señor, ten paciencia conmigo, y yo te lo pagaré todo. El señor de aquel siervo, movido a misericordia, le soltó y le perdonó la deuda.”
San Mateo 18:23-27 RVR1960
Esta parábola presenta a un hombre que debía diez mil talentos a un rey. Cuando llegó el día del pago, el amo lo llamó y le exigió: “Vende todo lo que tienes tu esposa, tus hijos, tus posesiones y págame”. El deudor sabía que, aunque vendiera su persona, su familia y todas sus posesiones, nunca podría pagar tal suma. Llorando, suplicó misericordia. Al ver esto, el amo se compadeció de él, lo liberó y le perdonó la deuda.
‘Un talento‘ equivale a 6,000 denarios, el salario de un jornalero durante 6,000 días, mientras que ‘diez mil talentos‘ ascienden a 60 millones de denarios. Es una suma astronómica, imposible de perdonar de forma realista, que representa lo que un jornalero normal tendría que ahorrar durante 160,000 años sin gastar un solo céntimo. Esto ilustra lo vasta que es realmente la gracia del perdón y la salvación a través de la misericordia absoluta de Dios, y lo absolutamente imposible que es para el ser humano devolverla.
Esta deuda de ‘diez mil talentos‘ simboliza el peso de nuestro propio pecado. Además, el perdón incondicional de esta deuda astronómica revela la riqueza de la misericordia de Dios y la profundidad, amplitud y altura de Su gracia. Este hecho nos asombra.
Cuando consideramos la inmensa gracia que hemos recibido, no podemos evitar sentir vergüenza por negarnos a perdonar las faltas de nuestros hermanos, albergar odio y tratar de estrangularlos.
No nos limitemos a ver las faltas de los demás, ni nos esforcemos por perdonar a alguien. En cambio, consideremos la magnitud y la gravedad de nuestras propias faltas. Y consideremos al Dios que nos ha recibido en este estado. Entonces, sin nuestro propio esfuerzo, nuestra perspectiva sobre los que nos rodean cambiará, y el corazón del Señor se manifestará, guiándonos maravillosamente.
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